—Anda, Petrita, ¡corre á decírselo á tu mamá! Vaya, me voy á mi cuarto por no oir á este joven Catón.
Y se fué con mucho tejemaneje de sotana.
Atienza pasó toda aquella tarde encerrado en su celda, y tan zambullido en la lectura que, cuando la campana sonó para la cena, el jesuíta dió un salto de sorpresa. Estaba en mangas de camisa, con la sotana por la cintura; vistiósela de prisa y se ciñó el fajín. La poca luz que había marchábase raudamente. Desde la ventana de Atienza se avizoraba la compacta espesura del parque de Regium, llamado los Campos Elíseos. Había entonces fiestas en la villa; una banda de música latía bajo las frondas lejanas; era un vals de Strauss. Atienza lo recordaba, y con él sus diez y seis años de niño rico. Apagábanse las últimas brasas del crepúsculo. Los ecos amortiguados del vals venían á hundirse en el silencio del colegio sin alumnos. Atienza llevó el compás sobre los cristales un minuto, maquinalmente: luego, suspiró. Salió, á buen paso, á través de pasadizos y escaleras cargados de penumbra, hasta el refectorio de los Padres. De camino iba tarareando, sin parar mientes en ello, el vals de Strauss; los últimos peldaños los bajó haciendo zapatetas al compás de la música. Llegaba muy cerca del refectorio cuando se acordó de las gafas, olvidadas, entre libracos, en la celda. Volvió á buscarlas, corriendo y saltando inocentemente, como chicuelo á quien dan suelta después de larga reclusión. Llegó al refectorio, muy retrasado. La comunidad sorbía en aquel momento, moviendo fuerte rumor, las últimas cucharadas de un puré de lentejas, y era tal y tan sonora la aplicación de los Padres, que apenas si se oían los amplios y castizos períodos latinos de la «Historia Societatis Jesu», auctore Cæsare Cordara, que Ocaña, el jesuitilla quisquilloso y guapito, leía, á pleno pulmón y casi congestionado, desde el púlpito.
El Padre Atienza fué á ocupar su sitio, entre el bienaventurado Urgoiti y el valetudinario Avellaneda, el cual, con sus accesos de asma y aquello de babear en el plato, era una tortura para sus vecinos. No lejos, andaba Iturria, procurador del Colegio, con su cara aguda, bermeja y alegre, siempre en alto, y también al disforme apéndice nasal de Mur veíasele vibrar entre el vaho y husmillo de los manjares presuntos.
El Superior recibió á Atienza con una mirada agria que el recipendiario no advirtió, porque el buen apetito que traía le hizo lanzarse vivamente al plato de puré que le presentó el abrutado fámulo Zabalrazcoa. Atienza contempló el lóbrego caldo con deleitación y sorpresa; después, volvióse á sus vecinos, como diciéndoles: ¿qué novedad es ésta? En efecto, era una novedad que á todos tenía asombrados. Como el vapor del hervoroso puré le empañara las gafas, Atienza las levantó hasta la frente, sin desasirlas de las orejas, y dió comienzo á su refección, luego de haberse santiguado y orado en voz baja.
El Padre Anabitarte, que era ministro, esto es, encargado del material y de los Hermanos, conserje y maître-d’hôtel en una pieza, paseaba por el centro del refectorio, con ampuloso aire de hombre de cuya pericia dependen grandes destinos; acuciaba á los fámulos, examinaba las fuentes, en ocasiones penetraba sigilosamente en la cocina próxima, á fin de activar el servicio.
Y he aquí que el Padre Arostegui susurra con su voz de silbo: Deo gratias. La comunidad permanece un minuto suspensa y en silencio. ¿Habían oído bien? Ocaña absorbe una gran bocanada de aire y se enjuga el sudor. Arostegui repite: Deo gratias. Y todos rompen á hablar á un tiempo. Anabitarte se pasea triunfalmente, mirando á uno y otro lado.
—Pero, hombre—interroga Atienza, que ha ingurgitado ya su puré—, ¿á qué obedece esto? ¿Cómo nos han servido hoy caldo espartano? ¿Por qué han consentido que nuestras lenguas se desaten en dulces palabras?
Una voz corre de mesa en mesa: es el santo del Padre Anabitarte.
—¿Pues qué día es hoy?