—San Nicolás.

—¡Ah, sí! San Nicolás de Tolentino.

Y todos saludan á Anabitarte y le dan mil parabienes.

—Pero, ¿y el caldo espartano?—insiste Atienza, quien, como buen navarro, es tozudo.

Se lo explican. Anabitarte ha estado en Pilares, alojándose en casa del marqués de San Roque Fort, en donde le dieron caldo ó puré, que allí llamaban consommé, antes de la cena; era la gran moda.

—¡Ave María Purísima!—exclama Atienza, santiguándose. Y luego á Ocaña, frontero á él y, como él, de buena familia:—¿Tú ves, Ocañita? Estos hermanos nuestros, que vienen directamente de la rusticidad á la Compañía, son tremendos. Luego dirán por ahí afuera que todos los jesuítas son hombres de mundo... ¡Vaya por Dios!

Hay santa alegría y hay vino y un postre más. Anabitarte se ha portado con magnificencia; ha sabido recabar de Arostegui refinamientos sardanapálicos.

—¡Bravamente! ¡Bravamente, Anabitarte!—clama Atienza cuando el ministro pasa cerca—. Nadie lo esperaría de tu reducida cholla.

Ocaña celebra el desparpajo.

—Este Padre Atienza tiene el hablar escita—. Porque, como influido de Atienza, sumo helenista, es él también algo helenizante, recuerda que la libertad de Anacarsis en el decir dió motivo, en Atenas, á la frase hablar escita, según aseguran historiadores graves.