Mur y algunos otros reprueban con el gesto la procacidad del Padre Atienza. De chancero, lo convierten en cruel y orgulloso.

Sobrevienen unas chuletas empanadas, fritura en que ha logrado renombre el obeso Hermano Calvo, cocinero. Mas ¡ay!, que las indecorosas chuletas abrigan, bajo la ternura del pan, un seno correoso y de invencible dureza específica. Vanamente y en repetidas ocasiones, el bienhumorado Atienza determina hincarlas el diente con redoblado ahinco, á fin de deglutirlas. Las chuletas manifiestan la pasividad heroica de los mártires de la fe. Atienza traduce su contrariedad en palabras someras:

—Este cocinero se ha empeñado en ponernos suelas de zapato y estragarnos los estómagos.

La voz es suave; pero Mur tuerce la luenga nariz á la parte de Atienza, como si todos sus sentidos radicaran en el olfato.

Conejo, á la diestra del Rector en razón de su nuevo cargo, se refocila discretamente y ensaya tímidas payasadas, que algunos Padres comentan con risas.

Á los postres hay unas copas de Jerez generoso. Se reza la acción de gracias y todos suben al pasillo de las celdas. Se distribuyen en grupos, según sus inclinaciones personales. Comienzan á pasear: los unos, hacia delante, conforme á lógica racional; los otros, de espalda, haciéndoles frente á los anteriores. Es preciso recabar café de la condescendencia del Superior. Un buen golpe de Padres pone cerco á Arostegui; lo envuelven en anfibologías y circunloquios, no atreviéndose á pedir derechamente el café, que los legos ya tienen apercibido.

Landazabal, el deforme, misionero que fué en tierras de América, desviado de la espina en términos que para andar ha de sujetarse las posaderas con entrambas manos, inicia el asalto.

—Veamos, Padre Superior: San Nicolás de Tolentino es un hermoso nombre. Tolentino... Tolentino es asonante de caracolillo, ¿verdad?

—Indudablemente—responde Arostegui, desentendiéndose de la indirecta, por dar vaya á sus amados hijos—. Digo, me parece á mí. ¿Estoy equivocado, Padre Estich?

El dulce Padre Estich, profesor de Retórica, poetastro de la comunidad y tan larguirucho y angosto que, como á doña Madama Roanza, pudiera enterrársele en una lanza, aprueba sonriendo al Superior.