Landazabal toca con el codo á Ocaña y le murmura al oído: «Anda tú, hombre, que á ti te ve bien.» Ocaña acude al paño.
—Caracolillo es una clase de café. Me parece entender que es el que tenemos en el colegio...
—No sé, no sé. Es cosa que no me va ni me viene—exclama el Superior, dilatoriamente, enarcando los ojos.
Landazabal se ensombrece. Piensa para su sotana: «¡Á que nos quedamos hoy sin café!» Da un traspié; recobra el equilibrio afianzándose en las propias nalgas. Se había aficionado extraordinariamente al café en Puerto Rico. Entonces mira con ojos suplicantes á Mur, al favorito. Lo que á él se le niegue no lo consigue ningún otro. Pero Mur no le presta atención. El infeliz y deforme jesuíta pone en libertad un sollozo. Al llegar aquí, Olano se planta de por medio.
—Realmente, hoy ha sido un día muy caluroso. El café tiene la virtud, virtud pagana, llamémosla así, de proporcionar á quien lo toma lo mismo el calor que el refresco apetecido. Creo, Padre Superior, que no incurriríamos en sensualidad si usted nos proporcionase sendos pocillos de esta grata mixtura—. Y luego, volviéndose al Padre Atienza, que cruza á corta distancia:—¡Qué pena que no me hayas oído este párrafo! ¡Me ha salido perfecto!
Á lo cual replica el navarro, garbosamente:
—Lo dudo. Como dice un autor de cuya existencia no han llegado noticias hasta aquí, tienes los retorcimientos de la sibila, pero sin su inspiración.
—Pues vaya que tu lengua no se mueve si no es para herir.
—No seas mameluco, Olano, que nadie trata de herirte.
El Padre Arostegui corta la disputa.