—No haya discordias entre hermanos por tan liviano empeño como es el café ó la elocuencia. ¡Venga el café, si así lo desean!

Y como á un conjuro, surgen el abrutado fámulo Zabalrazcoa y el fámulo Azurmendi, de faz lasciva, conduciendo bandejas con tazas de café.

—¡Ah, ah! Había conspiración...—dice el Rector, como si le tomara de sorpresa.

Esto ocurría un día sí y otro no.

Se trasiega el café con reposada voluptuosidad. El valetudinario Avellaneda toma un sofoco que le pone en trance de expirar. Atienza insinúa que acaso en el café infunden poca de la substancia característica de esta poción y que sin esfuerzo se le pudiera creer agua de fregar. Se reanudan los grupos, hasta terminar el recreo, y la conversación corre más animada que antes. Atienza expone ante sus amigos una alegría ruidosa, que los discretos toman como envoltura de una tristeza disimulada.

—¿Qué tal va esa moral, Ocañita? ¿Estudias mucho? ¡Aprovéchate! Supongo que desearás recibir las órdenes prontamente. Á no ser que quieras hacer lo del Padre Valderrábano... Siete suspensos lleva en Moral, y no hay quien le haga cura. Ahí le tienes, en San José, de Valladolid, explicando Historia Natural; nadie lo mueva. Claro, con esto se ahorra rezos, y cuando quiera salir no está comprometido.

—¡Qué cosas tiene, Padre Atienza...!—Al responder, el joven Padre Ocaña hace señas á Atienza, esforzándose en hacerle entender que Mur los puede oir. Atienza se encoge de hombros.

Á la vuelta siguiente descubren á Mur, en cháchara bajita con el Superior.

—¿Lo ve usted, Padre Atienza? Es usted demasiado bueno y demasiado franco. No quieren entenderle—susurra Ocaña.

—Sí, ya veo á ese mariquita insuflándole chismes al Superior. ¿Á mí qué se me da?