Sonó el toque de retiro. El Padre Atienza tomó el derrotero de su cuarto, dispuesto á hacer el examen de conciencia, cuando, acercándosele el Hermano Ortega, le indicó con gran mansedumbre que el Padre Superior le aguardaba.

—¿Á mí?—preguntó con las cejas arrugadas, estupefacto—. Vamos á ver qué tripa se le ha roto.

El Hermano Ortega no quiso oir lo de la tripa. Atienza llegó á los umbrales del Superior y se detuvo unos segundos, contemplando amorosamente la negra cruz clavada sobre el dintel. Dió con los nudillos en la puerta. Una voz incisiva silbó dentro: Adelante. Atienza penetró, llanamente. Sus ojos tenían un resplandor interrogante. El Padre Superior le aguardaba sentado detrás de la mesa. Atienza permaneció en pie, al otro lado, frente á él.

—Le extrañará que le haya llamado á estas horas.

Atienza asintió con la cabeza.

—En realidad de verdad, no tengo queja de usted en materia grave...

—Espero que no, Padre Superior. Bien sabe Dios que me conduzco lo mejor que se me alcanza, y si yerro no será por negligencia, sino por ignorancia. Dígame para qué me llama.

—Yo pienso que es fuera del caso recordarle que al ingresar en la Compañía aspiramos á la perfección. De tal manera, que aquello que fuera de nuestra casa es leve, ó aun indiferente, entre nosotros, indica el germen de un mal que debemos extirpar en seguida.

Atienza se impacientaba. «Este hombre tan seco de palabras—se decía—¿por qué no me pone las cosas claramente?» Y luego, en voz alta y serena:

—Cuanto usted me dice, Padre, es cordura por excelencia. Pero yo quisiera saber para qué me llama.