—Padre Anabitarte, no sé cómo hay personas que pueden vivir sin religión.

Y Anabitarte, una mano sobre el abarrotado bandullo, con la otra levantando en alto una copita de benedictino, respondía distraídamente en tanto miraba al trasluz el denso licor de oro:

—No son personas, que son bandidos, don Anacarsis.

—Y por supuesto, Padre, hay ciertas cosas... vamos, que al vulgo... Usted me entiende.

—Hasta un autor profano, don Anacarsis...—Un sorbo—. Hasta un autor profano lo dice—. Otro sorbo—. ¿Cuál es su nombre, don Anacarsis?—Otro sorbo—. ¿Á que se me ha olvidado?—Otro sorbo—. No, no; es Fontenelle. Pues bien, el señor de Fontenelle dice, verá usted: Si je tenais toutes les vérités dans ma main, je me donnerais bien de garde de l’ouvrir aux hommes. ¿Me entiende usted?

—Está muy bien, caracho—. Y don Anacarsis se reía, sin entender una sola palabra.

Tampoco Anabitarte lo entendía: se lo había hecho estudiar de memoria, con pronunciación figurada, el Padre Arostegui.

Con esta división tripartita de funciones, encomendadas respectivamente á los RR. PP. Olano, Cleto Cueto y Anabitarte, la resaca latente de la vida regional afluía al Colegio de la Inmaculada Concepción y se soldaba en un vértice ó foco de donde partían á su vez nuevos impulsos, porque dase por entendido que ninguno de los esforzados paladines que componían el triunvirato antedicho disfrutaban de autonomía ó espontaneidad en sus movimientos, sino que obraban en todo caso atentos á la norma circunstancial impuesta por el Superior.

Por eso el puño de la espada estaba en la diestra del Padre Arostegui.

V