Algunos niños refirieron á sus padres en la visita el caso misterioso del Padre Atienza. Del salón de visitas salió la noticia al mundo. Los amigos, admiradores é hijos de confesión del Padre Atienza hacíanse cruces y cábalas, con ocasión de tan insólito suceso; menudeaban los plañidos y las elegías sobre el triste sino del desventurado é ilustre jesuíta; se le comparaba con el Papa, prisionero en el Vaticano, y con el Padre Coloma, de quien se decía sufrir también idéntica adversidad que Atienza; en resolución, la voz corrió prestamente de hogar en hogar y de puebluco en puebluco, por la región.
Un periódico anticaciquil y anticlerical, El Pulpo, arremetió contra los jesuítas con inusitada violencia, acusándolos de mantener secuestrado contra su voluntad á un hombre insigne, y sobre todo opulento, que por serlo y no por otra cosa le retenían aherrojado en una celda mefítica, á pan y agua, sin que el infortunado hallara expediente hacedero con que transmitir sus quejas fuera de la clausura. El Pulpo requería á las autoridades, conjurándolas á que averiguaran y dieran fin inmediato al secuestro, baldón de nuestra hermosa villa. Recordaba al maestro de obras, Aurrecoechea, que había sumido en el deshonor á una hija de Regium. Y, por último, á vuelta de unas cuantas frases grandilocuentes, venía á llamar á los benditos Padres milanos y estupradores.
En vano el insidioso Benavides, director de La Reconquista, aquel periódico fundado por el Padre Cleto Cueto á poco de llegar á la localidad, intentó poner en entredicho las burdas ficciones y soeces apóstrofes de El Pulpo, asegurando que si el Padre Atienza guardaba un retiro casi absoluto era porque tenía en preparación cierta obra magna y había menester de soledad para darla gloriosa cima. Cundía el escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas les aconsejaron que hallaran con urgencia el remedio de estancar tanta y tan grosera maledicencia. El Padre Arostegui recibía á los consejeros sin inmutarse, sin perder aquel gesto peculiar suyo, entre burlón y despectivo, con que acostumbraba á desconcertar á sus interlocutores. El Padre Olano, en un recreo, no pudo menos de exclamar:
—Ese jabato, dondequiera que está, destruye todas las siembras.
Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera del revuelo, sin conocerlo ni sospecharlo, continuaba su vida cenobítica y plácida.
Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, después de haber explicado la clase de Geometría, cuando se tropezó con el Padre Mur.
—¡Vaya con Dios!—le dijo, sin ánimo de detenerse.
Mas, el valido del Superior se le plantó delante.
—Á propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro haberme dado con usted á solas. ¿Tiene mucho que hacer? ¿Puede concederme unos minutos? ¿Á dónde iba? ¿Á su celda? Le acompañaré.
Continuaron en silencio hasta la puerta del cuarto.