—Pase, Padre Mur.

—¿Qué más tiene? Entre hermanos...—Y luego, riéndose—: Reliquias de la falsedad del mundo.

—¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad, la educación no está mal, ni entre hermanos—. Aquella tarde se encontraban de malas pulgas.

—Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémonos. ¿No sospecha de qué quiero hablarle?

—No se me ocurre...

—Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre Atienza. Usted, como todos, estará consternado.

—Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie con la culpa.

—No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en cuanto á culpa... No digo que la tenga el Padre Atienza...

—Desde luego.

—Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro trato? Es triste para nosotros... Se mete en su cuarto, y acabado. No se tendría con todos la misma transigencia.