—Dicen que quiso salir de la Compañía.

—¡Bah! No lo creo. Bien. Ya está en su cuarto. Pero eso ¿impide que de vez en cuando salga á dar un paseo por la población? ¿Que se deje ver de las gentes?

—Usted ya sabe que nunca salía de paseo...

—Ahora debe salir. Es preciso aplastar las lenguas envenenadas.

—Acaso él no sepa lo que ocurre. Ningún Padre lo visita. No le digo ninguna novedad; pero temen no ser gratos al Padre Superior.

—¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me maravilla. Siempre creí que era porque no tenía amigos... El Padre Superior, tan bondadoso... Y por usted siente gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña, pienso que ganaría mucho en su favor si usted lograra sacar de paseo al Padre Atienza. Hágale ver que es en servicio de Dios, y los males que ya nos ha causado, inocentemente sí, ni que decir tiene. Yo iría, pero... No le soy simpático, ¿á qué me he de engañar? Le convence usted y salen los dos, por la población, claro está. Convendría evitar detenciones con madreselvas y curiosos. Bueno, ¿qué le voy á decir yo á usted? ¿Quedamos en eso, eh? Vaya, adiós.

—Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo indica.

Á los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el cuarto del Padre Atienza. Comenzó por referirle la historia del secuestro, del antro mefítico y del ayuno á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.

—Pero ¿qué me dices, Ocañuela?

Ocaña continuó puntualizándole ce por be las patrañas y estolideces que se habían urdido.