—Se creían que yo soy un sandio y mal hostalero, un badulaque de tres al cuarto... Ya sabía yo que les iba á salir la burra mal capada...
—Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y... de lo otro. El trance es serio. La Compañía pierde.
—Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana con otras cosas que se hacen?
—Si no es eso, Padre.
—¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe un comunicado á La Reconquista?
—¡Qué chanza!
Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.
—¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la tarde salimos, si te parece. Iremos al muelle, á ver el mar. Vamos, lo que más me ofende es que haya papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á pan y agua. ¡Se necesitaría mucho ombligo!
Y con esto, se despidieron hasta el jueves.
El día convenido, y como á cosa de las cuatro de la tarde, los dos jesuítas salían del colegio, con rumbo á la villa.