—¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso? Bien sabe Dios el sacrificio que hago, porque el salir me revienta sobre toda ponderación.
—Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos todos.
—¿Todos?
—Evidente.
—¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado andar.
Entraron por el paseo público del Salvador. Á los veinte pasos mal contados ya tenían una beata delante de las narices.
—¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre Atienza? ¿Cómo está, santín? Si paez que está gordo y arrecachao...
—¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una persona que come bien y no se mueve del sillón, holgando, porque leer no es trabajar?
—Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?
—Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona. Quede con Dios.