Era, en efecto, la profecía del Padre Sequeros; su realización se alargaba bastante.
Ruth era inglesa. Decíase que judía ó protestante. Lo cierto es que vivía fuera de la Iglesia Romana. No sustentaba relaciones amistosas con las damas de Regium. Acostumbraba salir de paseo por las afueras, del brazo de su esposo, un individuo rechoncho y de aspecto vulgar, ingeniero en las obras del puerto. Á veces iban también dos niños, varón y hembra, rubios como su madre, gentilísimos. Los alumnos del colegio encontraban al paso con frecuencia á Villamor y á Ruth. La primera vez que la vió Sequeros había dicho, como ahora:
—Rara avis.
LA PEDAGOGÍA DE CONEJO
La pedagogía de Conejo era simplicísima. El perilustre Prefecto de disciplina aplicaba al gobierno de los alumnos lo que San Ignacio en sus Constituciones aconsejó para el buen gobierno de la Compañía, esto es, adiestramiento militarista del carácter y de la sensibilidad; sustituir con el principio de la jerarquía militar el de igualdad, y con el de obediencia militar el de fraternidad; obediencia absoluta, perinde ac cadaver. Pero, como al propio tiempo era tan inclinado á payasear y dar que reir á los alumnos, resultaba que la autoridad que ganaba con sus ejercicios cuartelarios la perdía en los pasillos cómicos.
En cuanto á lo primero, decidió Conejo, por lo pronto, bajar á los recreos; formaba á los alumnos en los patios y les instruía en una táctica de su invención; les obligaba á evolucionar, sin descanso, ordinariamente á paso ligero, al compás de los gritos reglamentarios «un, dos, tres, cuatro», ó también vociferando la marcha de San Ignacio:
Fundador sois, Ignacio, y general
de la Compañía real