—No, Padre Sequeros; por allí, dícenlo. Y hay muchos que lo vieron.

Los de las primeras ternas se detuvieron de súbito.

—¿Por qué no avanzan esos?—preguntó Sequeros.

Los niños callaban. Por el camino y en dirección opuesta se deslizaba un indeciso fantasma blanquinoso, en compañía de un bulto negro. Los más medrosos hicieron la señal de la cruz. El Padre Sequeros los animó.

—Es gente que vuelve á sus casas. Adelante. ¿Qué miedo es este?

Y á poco, Ricardín Campomanes, que era un lince:

—Anda, si es Villamor, el ingeniero, y Ruth, su mujer.

—¡Vaya unas horas de pasear!—manifestó Sequeros.

—Por eso no los habíamos visto aún este curso—habló Bertuco.

Rara avis—añadió el jesuíta—. Ave rara, de insuperable belleza; su alma tiene que ser bellísima también. ¡Se convertirá, se convertirá! Es mi profecía.