—¡De niños...! ¿Y qué sois vosotros, por ventura? ¿No os hablo á todas horas de cosas serias, de asuntos que interesan á la salvación de vuestra alma? ¿Qué hacéis, entonces? También suponéis que son cosas de niños. Pues bueno; yo os cuento cosas de niños por ver si lo tomáis en serio.
Oíase acaso el ruido profuso de las aves, alguna esquila trémula, voces campesinas; veíase el remanso sorbiendo en su dormida transparencia toda la serenidad del cielo. Los niños inclinaban la frente; la magistral circunspección del campo cohibía la frivolidad de aquellos espíritus en flor. Sequeros sabía colegir muy bien de la hondura de la mirada cuándo las almitas se agrietaban en surcos, anhelando la semilla. Y en aquel punto comenzaba á caer de sus labios la mansedumbre del milagro y la luz de la leyenda.
Ante la tersura diamantina del remanso, evocábase el prodigio de San Blas, San Jacinto y San Francisco de Asís, caminando con paso leve y pie enjuto sobre las aguas.
Llovía de pronto; la prole muchachil abrigábase bajo la ramazón de los poblados robles y aprendía cómo un águila, abiertas las alas luengas, cobijaba contra el azote de la lluvia á San Medardo.
Presumíase en el horizonte una tormenta; y era la historia de San Sátiro, hermano de San Ambrosio, que en lo más recio de un naufragio átase la hostia consagrada al brazo, con un lienzo, arrójase al mar y logra salvarse. O de San Maló, que celebra su misa sobre el lomo de una ballena que tomó por isla.
Vense unos mulos paciendo sobre un oteruelo; y es el peregrino milagro de San Antonio de Padua, el cual, por convencer á un incrédulo, presenta la hostia á un mulo; húndese el animal de rodillas y baja la cabeza en señal de adoración.
Y cuando el Poniente se inflama y arroja incandescentes saetazos que pasan de claro á las nubecillas, sellándolas con cifras y rasgos de lumbre, es la hora de reverenciar en el recuerdo á los favorecidos con estigmas, á las almas exaltadas de pasión divina cuyo premio fué la sabrosísima herida en la carne mortal, maravillosa correspondencia de las llagas del Salvador; Francisco de Asís, Benito de Reggio, Carlos de Sazzia, Nicolás de Rábena, Catalina de Sena, Magdalena de Pazzi, Angela de la Pace, Stephana Quinzani, Rosa Tamisier. Luego eran las delicadas mercedes y amantes finezas de Jesús con sus elegidos. Santa Catalina, recitando el miserere, llega al versículo: cor mundum crea in me, Deus. Repítelo la santa casi desfallecida, implorando al esposo. En esto aparécesele Jesús, vestido de resplandores, y con amorosa ternura le saca el corazón. Tres días permanece sin él la santa. Al tercero, Jesús la ofrece otro, purísimo, diciendo: «Hija mía Catalina: porque seas enteramente limpia á mis ojos te doy un corazón nuevo.» Y durante toda su vida conserva la cicatriz en el costado. O el trance sublime y conmovedor de María Alacoque, permutando el corazón con Jesús, quien formaliza el cambio por medio de un documento que él mismo dicta: «Te constituyo heredera de mi corazón y de todos sus tesoros para la eternidad. Te prometo que no te faltará ayuda, como á mí no me falte poder. Serás siempre la preferida: juguete y holocausto de mi corazón.» O también, el suavísimo regalo que nuestro Redentor hizo al venerable Riscal. Paseábase por los tránsitos del convento de San Ambrosio, en Valladolid, cuando he aquí que se encuentra con un niño de extraordinaria hermosura. «¿Cómo te llamas?» «Yo, Jesús de Crisóstomo. ¿Y tú?» «Yo, Crisóstomo de Jesús.»
Volvían al colegio con el crepúsculo vespertino. Del monte, de la colina, del árbol, bajaban sombras caprichosas. De los matorrales nacían vocecillas inquietantes. Era el momento de hablar de las trazas, ardides y encarnaciones de que Lucifer se sirve para tentar al justo ó castigar al impío; gústale preferentemente tomar la forma del cerdo, también la de la cabra, y en alguna ocasión se presentó de entrambas maneras en las camarillas de los alumnos, habiendo uno en pecado mortal. Los niños, que en otras circunstancias se hubieran reído de la estúpida fantasía de un diablo que elige al cerdo por ornamento y apariencia carnal, transidos por el misterio del campo y de la noche, se estremecían y buscaban mutuo amparo, apretujándose.
—También—dijo Coste cierta vez—se aparece el diablo en forma de león; pero cuando se le coloca un gallo delante, desaparece.
—Calla, Coste, que esas son supersticiones necias.