—Porque ¿me queréis decir—gritaba—de qué le sirve al rico su riqueza cuando le llegue la hora de su último juicio? Le servirá para ir al infierno en coche, ó si queréis en tren especial, ó si queréis en una bala de cañón.
¡POM! Coste había sido el artillero. La propiedad onomatopéyica del estallido fué tan acendrada, que á todos dejó maravillados y suspensos durante un minuto, después del cual se siguió un desenfreno de risotadas, justa ovación á la maestría de Coste. El mismo Conejo anduvo á pique de soltar el trapo. Por el momento no dijo nada, guardándolo para mejor coyuntura; más que otra cosa experimentaba cierta envidia, como de todos aquellos que movían la risa ajena con simplicidad de medios. ¡Lástima que la austeridad de la sotana no le consintiese las mismas expansiones!
El Padre Sequeros contaba para sus fines con la tierna coacción que la Naturaleza ejerce sobre las almas, constriñéndolas, por decirlo así, á meditativa seriedad y grave melancolía. Conociendo los parajes más apacibles, insinuantes y hermosos de las aldeas circunvecinas, los elegía para los paseos de la división, jueves y domingos, y según la sazón del tiempo y circunstancias del sitio, narraba historias de piedad, edificantes ejemplos que ajustasen en el fondo, en el ambiente.
—¿Veis ese puente? Es un puente romano.
—Parece un dromedario con gualdrapas de seda verde—habló Bertuco.
—Ya salió éste con sus metáforas—interpuso Campomanes, avinagrado—. Deja que cuente el Padre Sequeros.
Estaban en una pradera, al margen de un remanso y no lejos de un puente en ruinas, de giboso lomo, vestido de hiedra.
—Sentémonos—. El jesuíta se acomodó al pie de un roble, y en tanto algunos niños retozaban, otros se asentaban á la redonda del inspector, apelmazándose por mejor oirle.—Pues hay un puente en Francia, entre otros muchos puentes, no vayáis á creer. Pero este puente, que se llama el de Saint-Cloud, es un puente que... ¿á qué no averiguáis quién lo hizo? Pues lo hizo el diablo. Es lo cierto que el maestro de obras se veía negro para concluirlo, porque, según parece, sus planos no estaban bien y no había forma de darle remate. Se hundió varias veces y hubo que comenzarlo de nuevo. En esto que se le aparece un personaje embozado al maestro de obras. Comenzaba la noche. «Señor Dubois—porque se llamaba así el maestro—, yo soy Satanás.» «Muy señor mío.» «Yo te hago el puente.» «No caerá esa breva.» «Te lo hago; pero...» «Sepamos el pero.» «Con una condición, y es que lo primero que pase, persona ó cosa, sea para mí. Tú has de apoderarte de ello y hacerme entrega. ¿Hace?» «Ya lo creo que hace.» Conque, tiqui, taca, tiqui, taca, el puente crecía asombrosamente por arte de Satanás. El maestro, que era un galopín, pero temeroso de Dios, escápase á su casa y habla al oído á su mujer. Cuando amanecía, el puente estaba ya concluído. «Ya sabes: lo prometido es deuda.» «Sí, señor Satanás. Esperemos.» Pasado un momento, dice el maestro: «Por allí me parece que viene algo.» ¿Y sabéis lo que era? El gato del maestro. Este lo cogió por el rabo y se lo dió al demonio, el cual huyó avergonzado y confuso.
—¡Bah!—advirtió Bertuco—. Ese es un cuento de niños.
Los oyentes no ocultaban su decepción. El Padre Sequeros proseguía: