Reanudóse el silencio, y cuando más grave y profundo era, retumba un bárbaro estampido que se alonga un trecho, cantante y juguetón. Las válvulas de Coste se habían relajado bajo la presión desesperada de una espantosa procela visceral. Todos rompieron á reir, inhábiles para mantenerse en piadosa actitud. El Padre Sequeros se mostró entristecido por el desacato, pero no amonestó á Coste, ni le impuso pena ninguna. Era su procedimiento. Decía á los alumnos: «Cada falta que cometéis es una puñalada que me dais. Compadeceos de mí». Y como en su rostro transparecía paladinamente el dolor, los niños le conmiseraban é iban absteniéndose poco á poco de pecar.

El disparo de Coste se propagó en ecos numerosos, algunos de los cuales fueron á repercutir en el oído de Conejo y también de Mur: ecos físicos, no, ciertamente, que á tanto no llegaba el aliento de Coste, con ser estentóreo, sino ecos morales, soplos supletorios de los fuelles. (Llámase fuelle, en la vida de colegio, á los chismosos, acusones, correveidiles, etc., etc.) Coste sospechó, en primer término, de Trinidad, que era el fuelle más acreditado en la ínsula.

—¡Vaya, hom, vaya!—le rugió, torvamente—. No es mal oficio el tuyo: llevar en la boca las ventosidades que yo suelto. ¿Qué tal sabía? He de pagarte el servicio, no te creas; he de pagártelo, y bien—. Los carrillos, con la cólera acumulada, se le expandían, amenazando desgarrarse.

Ricardín Campomanes, que andaba por los alrededores del frenético gallego, se le acercó.

—Vamos á ver, Coste: ¿por qué no pruebas á ahogarlos?

—¡Ay, no, no!—suspiró Manolo Trinidad, dengueando de tal manera, que no daba paz al trasero—. ¿Quieres que nos mate por asfixia?

—¡Ay, hijo! Pues no sabes los que te has tragado, porque todos los días ahogo más de dos docenas.

—De todas suertes, el otro día no has sido oportuno.

—Otro día lo seré más, Campomanes.

Cumplió su palabra, en plazo brevísimo. Pronunciaba Conejo su acostumbrada plática hebdomadaria en el estudio de la primera división. Era un comentario á las palabras evangélicas: «Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que no un rico por las puertas del Cielo.» Conejo, esforzándose en dar plasticidad al estilo, menudeaba las comparaciones pintorescas y hasta cómicas. Los niños le seguían atentamente.