—Don Romualdo Coste y Celaya—masculló Conejo.

Coste se levantó, avergonzado y encogido. Tenía tristes presentimientos.

El Padre Prefecto sacó la caja de rapé, tomó un polvo, se golpeó las ventanas de la nariz, que sonaron á oquedad; todo muy espaciadamente. Luego:

—Deberes religiosos: O.

Una pausa de mucha expectación. Conejo contempló á la víctima con un gesto de insolencia jocosa. Y rompió á hablar, dando amenazadora prosopopeya á las palabras:

—¡Puerco! ¡Repuerco! ¡Requetepuerco! ¡Ultrapuerco! ¡Archipuerco!... ¡Vaya usted á soltar cuescos á su padre!

Una gran carcajada coronó el elocuente apóstrofe de Conejo. Coste miraba de reojo, con ánimo de ajustar más tarde las cuentas á los que se excediesen en las risas con que por lisonjear al Ministro le zaherían. Cuando se sentó, pensaba: «Menos mal; como todos los castigos fuesen así...»


MUR, PEDAGOGO