Se dijera que Gonzalfáñez sonreía.

El colegio medraba por horas. En corto plazo quedó rematado y en su punto. El lóbrego enjambre ignaciano lo invadió, distribuyéndose por las celdas, á llenar arcanas actividades. Y luego otro enjambre más numeroso, el de la cándida infancia, brotes de futura humanidad.

Y por la tarde, consintiéndolo el tiempo—á las horas postmeridianas en época de otoñada ó invernal, al levantarse la noche en verano y primavera—, Gonzalfáñez y Dorín hacían un alto en su paseo y contemplaban el colegio de la Concepción. Cuándo, tañía en la penumbra hermética de los claustros la campana del regulador, escandiendo la medida espaciada de la existencia comunal. Cuándo llegaban de patios y cobertizos la algarabía conmovedora de la infancia en asueto; el chaschás seco de la pelota contra el frontón; el bum cóncavo de los grandes balones de cuero, que á intervalos surgían en el aire, por encima de los muros...

Y Gonzalfáñez interrogaba:

—¿Te gustan los niños, Dorín?

—Según; cuando son guapos...

—¿Los quieres, Dorín, sean guapos ó feos?

—Hom, querelos... claro. ¿Quién no los quier?

—Los niños... Los niños... ¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia! ¿Sabes lo que es un parque de puericultura, Dorín?

—Mal rayo me parta...