—Eh, tú, Coste, acércate—gritó Sequeros.
Le tentó el bolsillo, por fuera, reconociendo una manzana y un trozo de pan. Sequeros comprendió.
—Vaya, hombre... tú, tan glotón. Eres bruto, pero eres bueno. Dios te lo pagará—. Y le golpeó afectuosamente el cogote.
El carrilludo Coste partió de nuevo, resplandeciente. Interpúsosele Mur:
—¿Á dónde vais?
—Á por los balones—respondió Rielas.
—Pues no están en la clase del pasillo de los lugares, que los he cambiado yo á la del Padre Urgoiti. Ya lo sabéis.
Y sabían más con esto.
—¿Has oído?—mugió sordamente Coste, en habiéndose alongado un trecho de Mur—. Tiene allí encerrado á Ricardín.
—¡Qué bruto! Le habrá puesto en la butaca[2].