—Sabe Dios. ¿Quieres que veamos?

Se acercaron al aula. Inquirieron, á través del ojo de la cerradura.

—No se ve nada. Mira tú, Rielas.

—No hay nadie. Como no esté escondido...

Examinaron precavidamente la cerradura. La puerta cedió. Metieron la cabeza, husmeando, fruncido el morro.

—¡Canario! ¿Dónde lo tendrá?

Se oyó un susurro tenue: «Pss... Coste, ¿vienes solo?» Coste y Rielas retrocedieron, sobresaltados.

—¿Has oído, Rielas?

—Sí.

—Pero si no había nadie.