—Vamos á ver, antes de que noten nuestra falta.
Oyóse de nuevo la voz incorpórea: «Pss... Coste, ¿quién viene contigo?»
—¿Eres tú, Ricardín?
—Sí.
—¿En dónde estás?
—Debajo del púlpito, en el sitio de guardar los balones.
—Si no puede ser; si no cabes.
—¿Que no? Me han embutido. ¡Ay! Tengo una pierna dormida, y el brazo como un sacacorchos. Oye, ¿qué os han dado de merendar?
—Espera... Pues ha dejado abierta la puertina. ¡Reconcho! ¿Cómo pudiste entrar?
—No entré, me metió á puñadas. ¿Qué tal? Parezco un contorsionista de circo. ¿Eh?