—No sé lo que es un contorsionista, Ricardín.

—Sí que lo pareces—afirmó Rielas.

En efecto, el niño aparecía con los miembros enmadejados; no conservaba la más lejana apariencia racional, como no fuese por la angustiada carita que surgía inadecuadamente de entre las piernas.

—¡Pobriño! ¡Pobriño!—suspiró Coste.

—No, tonto; si es muy entretenido. ¿Cuándo creéis que me sacará?

—Toma.

—¿Qué traes ahí?

—Mi merienda.

—Tú eres bobo; ¿por qué no la comiste?

—No tenía gana.