Castelar era rucio, sociable, bondadoso y melancólico. Sobre la frente le caía, con mucha gracia, espeso flequillo. No incurría en vanagloria, y rara vez alborotaba sus hermosas orejas, suaves, velludas, como de terciopelo.

Mur introdujo á Coste en la cuadra, y lo ató corto al pesebre, de manera que le fuera imposible distraerse cabalgando el asno, y en tal guisa, que la cabeza del niño quedaba en una alarmante vecindad con la del pollino. Estando todo dispuesto, los dejó solos. En un principio, Coste permaneció mustio y receloso, con la vaga sospecha de una coz ó de una dentellada. Luego, mirando de reojo, tropezó con las pupilas afables y meditabundas del burro, que parecían darle la bienvenida. Á los pocos minutos se habían familiarizado por entero; reía el niño y reía el asno, á su manera.

Aquella tarde, Coste comunicó á Bertuco un grato secreto.

—Bertuco, ¿sabes? Castelar es una gran persona. Si vieras...


VIVE MEMOR LETHI


I

El Conductor de los ejercicios espirituales fué aquel curso el Padre Olano. Eran privados, para los alumnos solamente y se celebraban en la capilla particular del colegio. El Superior había aconsejado á Olano:

—Conviene que disponga bien su plan, Padre. Tome de la biblioteca los libros necesarios: enciérrese en su celda y trace punto por punto el modo en que las meditaciones han de distribuirse, adornándolas con las comparaciones, ejemplos y bien urdidas composiciones de lugar que han de ilustrarlas, de manera que no quede nada confiado á la improvisación. ¡Oh, de cuánta importancia es esto!