El Padre Olano tenía asco á la letra de molde, la cual solía inducirle á laberínticos embrollos; confiaba en las fuerzas propias y en su larga práctica de orador tremebundo. Así, prefería lanzarse á la elucubración espontánea.
Se precipitó en el currículo; se cerró en el cuarto, con un librito aforrado en roja piel labrada, y un buen abasto de papel. Caviló, plumeó, tachó, rasgó pliegos sin cuento. En las etapas de indigencia mental acudía en demanda de luces á un grabado en acero que el librito aquél tenía en la anteportada: allí estaba San Ignacio, en lo hondo de una cueva, los ojos en alto, la siniestra mano sobre el esternón, suspendida la diestra en el aire y con una pluma de ave; delante de él un considerable guijarro, á manera de bufete, con un libro abierto y un tintero con su pluma de repuesto; arriba y naciendo de nebulosas vedijas, la Virgen, con el niño en brazos, que señala imperativamente hacia el libro; más arriba y en la clave del grabado una hostia reverberante, en cuyo centro campea una cifra J H S sobre tres clavos; en el ángulo inferior derecho, caídos al desgaire sobre los pedruscos, un bastón, una capa y un chambergo con pluma al costado. Debajo de la estampa dice.
S. IGNATIUS LOYOLA S. J. FUNDAT
Manresal Spiritualia Exercitia
dictante Virgine scribit
Y en lo más alto de la página, sobre flotante cinta, una leyenda del salmo 138 que alude á la ciencia infusa.
¡Ay! El Padre Olano estaba huérfano de ciencia infusa. De aquí el que padeciera inenarrables tormentos y sudores antes de dar cima al plan que el Padre Arostegui le encomendara, y del cual transcribimos algunos fragmentos, con las mismas acotaciones que, al estilo de las comedias, el propio Olano puso.
«Los maestros espirituales dividen la materia de las meditaciones en tres órdenes, según los tres estados de los que meditan. Unos son pecadores que desean salir de sus pecados, y éstos caminan por el camino que llaman vía purgativa, cuyo fin es purificar el alma de todos sus vicios, culpas y pecados. Otros pasan más adelante y aprovechan en la virtud, los cuales andan por el camino que llaman vía iluminativa, cuyo fin es llenar el alma con el resplandor de muchas verdades y virtudes, y alcanzar grande aumento de ellas. Otros son ya perfectos, los cuales andan por la vía que llaman unitiva, cuyo fin es unir y juntar nuestro espíritu con Dios en unión de perfecto amor. Para los niños basta la vía purgativa. San Ignacio divide la materia en cuatro semanas, que nosotros reduciremos aquí á cuatro días. Para los niños basta y sobra.»
«MEDITACION PRIMERA. PRELUDIO PRIMERO, ó sea composición de lugar.—Tenéis que imaginaros que veis al glorioso San Ignacio con el libro de los Ejercicios en la mano, y que á su alrededor tiene á un sinnúmero de justos confirmados en gracia, de pecadores convertidos y de tibios enfervorizados; y que, dirigiéndoos la palabra, dice: «Tomad, hijos, este libro y meditad seriamente las verdades que están en él contenidas.» (Es preciso pintar bien la cara del fundador, según el retrato de Pantoja, que revela penitencias, y que desentrañen en la cojera una reliquia de su vida mundanal, por donde tuvo siempre presentes los riesgos que corrió, estando si se condena ó no se condena. ¡Ah, si Jesús os señalara á todos al primer mal paso que dais!) Luego imaginaos que veis aquella gran muchedumbre que nadie puede contar, de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas, que están ante el trono y delante del Cordero, revestidas de un ropaje blanco, con palmas en sus manos, con que simbolizan la victoria que han reportado, ya de los tiranos, ya de sus propias pasiones, y que aclamando á grandes voces, dicen: «La salvación la debemos á nuestro Dios, que está sentado en el solio, y al cordero, y sobre todo á los ejercicios de San Ignacio. (Apoc., cap. VII, versículos 9 y 10.) Que entiendan los alumnos cómo tanto esta sentencia del Apocalipsis como otras varias de las Escrituras, dictólas el Santo Espíritu pensando en nuestra Orden.»
«Los niños tienen especial precisión de los Ejercicios, porque si no grandes pecadores, suelen ser grandes tibios. ¡Ojalá, te dice el mismo Dios, fueses tú caliente por la gracia ó frío por el pecado! Mas, porque eres tibio empezaré á vomitarte de mi boca, quia tepidus es, incipiam te evomere de ore meo.»
«Afecto de gratitud. ¡Bendito seáis, Dios mío, de haberme llevado á esta probática piscina en que se cura de toda enfermedad, no al primero que entra, sino á todos cuantos se presentan con deseo verdadero de curar!»