El acto terminaba. Don Manuel conducía desaforadamente la desmedrada orquesta en un himno final. Eran las doce menos cuarto.

Las divisiones bajaron á los patios de recreación. Antes de romper filas, á la señal de unas palmadas de los inspectores, desglosábanse los que sintieran necesidad de evacuarse, é iban á los lugares excusados, los cuales, en el uso del colegio, se acostumbran llamar lugares, á secas. Bertuco fué, entre otros. Bajo el brazo llevaba las cartulinas. ¿Para qué las quería él? Su padre... Dios conocía por dónde andaba... En todo el curso no había recibido noticias suyas. La vieja Teodora no sabía leer. Años anteriores había enviado sus premios con gran entusiasmo, y luego, en las vacaciones, había tropezado con ellos en un desván, desdeñados, sucios, rugosos. ¡Puaf! Hizo un rollo y los arrojó desdeñosamente por el agujero, al depósito excrementicio.

II

EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS

Coste dijo á Pajolero, el alumno más aventajado en años, en cuerpo y en fuerzas físicas:

—Tú podrás ganarme á todo, pero lo que es comiendo...

—Y comiendo también, Coste; no seas mazcayo.

—Quita pa allá, hom.

—Quítate tú.

—Pues á verlo.