—Brigadier: Don Segismundo Bárcenas de Toledo y Fernández Portal.

El niño se acercaba á la mesa del Rector, el cual prendía con alfileres los entorchados, que después habían de coser los fámulos, y enderezaba unos cuantos plácemes al recipendiario.

—Regulador: Don José Forjador y Caicoya.

Esta dignidad era muy envidiada; su misión consistía en tañer la campana que escande la distribución de horas, y, consecuentemente, junto con los galones se le entregaba... ¡un reloj!

—Primera división. Subrigadier: Don...

Y así con los bedeles de estudio, bedeles de juegos y jefes de filas, para cada división.

Bertuco nunca había obtenido una dignidad, ni por ellas se le daba una higa. Buena conducta y talento son incompatibles, pensaba. Dignidades eran siempre muchachos de inteligencia roma y prematuro apersonamiento, para quienes las abundantes horas de estudio resultaban escasas aún, y así, tras de voluntarioso machaqueo, llegaban al aula con las lecciones á medio saber. Además, la buena conducta, la quietud sin reproche durante todo el día suponía un esfuerzo, y Bertuco consideraba que el esfuerzo estigmatiza con caracteres asinarios. Á Bertuco bastábale y sobrábale, para ir á la cabeza de sus compañeros, con la explicación previa que el profesor hacía después de haber señalado la lección. Aun la demostración de los más inextricables teoremas y fórmulas algebraicas, en oyéndola una vez, la repetía seguidamente, con gentil desahogo y firmeza. En virtud de esta vivacidad de su inteligencia las horas de estudio, siéndole superfluas, le pesaban en términos que, por llevarlas más levemente, no había travesura que no inventase. De ordinario le colocaban en el último banco, por que no distrajera á los demás, y le consentían satisfacer libremente sus inclinaciones: hacía versos, dibujaba, leía libros de literatura que subrepticiamente el Padre Estich le daba.

Después de la imposición de dignidades se otorgaron los premios de aplicación. Bertuco ganó la excelencia primera, la cual acredita el mejor aprovechamiento en un grupo genérico de asignaturas, y tres primeros premios en las mismas. De consiguiente, le colgaron en el pecho la cruz de emperador. Cuando el Padre Arostegui se la prendía, le dijo:

—Bien está, Alberto; pero no olvides que el infierno está empedrado de cabezas de hombres de genio. Por mucho que sepas, más tienes que aprender de tus compañeros á quienes hemos hecho dignidades.

¡Bah! La dignidad... Harto adivinaba Bertuco que la dignidad no la da el empleo, sino el mérito; no la otorga la voluntad ajena, sino que es virtud inmanente: se tiene ó no se tiene; nunca se recibe.