—Y tú, Bertuco, ¿lo sabes?

—Yo creo que de gallina, cuando son buenas...

—Como lo son las que os dan en el colegio. ¿Lo oyes, gorrino? Pues bien; Bertuco, lee. Por aquí.

Las ventanas estaban entornadas. En el recinto había penumbra. Bertuco se acercó á una rendija, de donde manaba la luz. Y leyó:

«Los regalos, ¿qué son sino cosas viles y sucísimas? Por cierto, que si se considera lo que es un capón ó gallina, que es el pasto más ordinario de los ricos y regalados, que se había de hacer mil ascos de ellos; porque si cociéndose la olla echaran dentro gusanos, lombrices y estiércol de la caballeriza, nadie comiera de ella; pues la gallina, ¿qué es sino un vaso lleno de estiércol, gusanos, lombrices y otras cosas asquerosísimas que come, como son flemones, excrementos de las narices, y otras más asquerosas del cuerpo humano? Y si sólo el sonarse el cocinero ó escupir un flemón en el guisado...»

En llegando á este punto, el pobre lector, lívido, estomagado, desfalleciente, se dejó caer, arrojando cuanto había comido. Coste roncaba, sentado en actitud canónica y profunda.

III

EL SISTEMA DEMOCRÁTICO

El Padre Urgoiti tenía á su cargo las clases de Historia de España é Historia Universal. Su bondad y candidez eran tantas, que así que un alumno, sorprendido absolutamente in albis acerca de la lección del día sacaba el morrito simulando sollozar por salir con bien del trance, ya estaba el Padre Urgoiti atribuladísimo, dispuesto á encontrar disculpable y hasta meritoria la ignorancia, y pasaba á otro alumno, y luego á otro, hasta uno que atinase á urdir cuatro paparruchas, y si no daba con ninguno no se encolerizaba ni repartía denuestos y amenazas, pero volvía á explicarles la lección, y en viendo gestos distraídos ó de cansancio, les leía versos del duque de Rivas ó de Zorrilla, y libros amenos. Se le burlaban en las narices, campaban por sus respetos, ideaban los más caprichosos abusos, prostituían la austera dignidad histórica; y el Padre Urgoiti, en su bienaventuranza perennal, dulce y casi sonriente con aquel su rostro correcto de piel mate, como tallado en marfil.

Una mañana empezaba el Padre Urgoiti á referir por lo menudo curiosas particularidades de la vida espartana, cuando á las pocas frases se detiene, algo pálido, y recorre la casta y elevada frente con la diestra mano, así como si pretendiera ahuyentar un desvanecimiento del sentido. Al reanudar la plática, se advierte que la voz le tiembla un poco. Nueva pausa, acompañada de más intensa palidez. Es evidente que el Padre Urgoiti hace esfuerzos por seguir hablando de manera que no se trasluzca cierta inquietud que le acosa. Tercer alto en el discurso. Ahora se enjuga el sudor que constela su ebúrnea frente.