—¿No creéis sentir que la tierra oscila, hijos míos?

Los niños se ríen.

—Sí, sí; oscila, sin duda alguna. Quizá un terremoto. No; más bien es el púlpito, que se mueve. Fijad la atención.

Los niños miran de hito en hito. Sí, el púlpito se estremece. Los ensamblados tablones hacen: crac, crac. Desciende el Padre Urgoiti, y abriendo la portezuela que hay en la base, descubre á Alfonso Menéndez, Patón de apodo, con los miembros ensortijados, cadavérica la faz. El Padre Urgoiti retrocede dos pasos, santiguándose. Luego extrae al niño de aquella cavidad poliédrica en donde lo habían vaciado, tomándolo por el pestorejo, á la manera maternal con que la gata transporta sus cachorrillos, y lo deposita sobre el pavimento. El niño permanece algún tiempo enmadejado, inhábil para la moción. Algunos compañeros comentan con vayas la extravagante estructura á que el tormento lo constriñó: como manifiesta un perspicuo psicólogo: «La crueldad es connatural del hombre; los niños son crueles, los salvajes son crueles.»

—¿Quién te ha metido aquí, infortunado?

—El Padre Mur.

—No puede ser.

—Pues es, sin embargo, Padre Urgoiti.

—¿En qué tremendo pecado has podido caer, Patón?

—Eso sí que ya no lo puedo decir.