—Adelantee...

Á la cabeza de los quejosos caminaba el bienaventurado Urgoiti, todo candor y mansedumbre. Como el pasadizo que la camarilla hace no consentía otra cosa, fueron penetrando de uno en uno, de modo que el Superior pudo elevar su mueca de asombro hasta la quinta potencia, é ir apartando en cinco veces las posaderas del asiento, según aparecía un jesuíta más, hasta quedar en pie. Y ya cuando los tuvo á todos presentes, afilando los sutiles labios, les envió estas someras palabras, antes de que ellos pudieran hablar:

—¡Una comisión...! ¡Una comisión...! En la milicia de Ignacio nacen los retoños primeros del sistema democrático... Y á ustedes cinco corresponde la honrosa empresa... Retírense, retírense por Dios vivo, y hagan por aliviarme de esta pesadumbre que me imponen. ¡El sistema democrático!

En el tránsito no osaron cruzar una palabra, sino que huyeron á su rincón, ruborosos, abochornados.

IV

EL COLILLERO, EMPUÑANDO EL CETRO

Bertuco llevaba quince días de malestar, disimulando. Estaba inapetente, insomne, laxo y con fuertes jaquecas. Ahiló y empalideció.

Una noche, después de la cena, Conejo le ordenó que no se levantara al día siguiente.

—Estás enfermo, Bertuco.

—No me encuentro bien.