—Y ¿quién le pone el cascabel al gato? Mur es su ojito derecho.

—También á ti te mira bien...

—Yo no me atrevo.

—Una idea. Al recreo hablaré con algunos otros; de esta suerte nos presentamos varios.

—¿Quién ha de hablar?

—Viniendo ustedes, yo mismo. Su presencia me prestará alientos.

—Pues entonces, á ello.

En el recreo reclutaron á Estich, Numarte y al deforme Landazabal. Convinieron en reunirse á la caída de la tarde é ir conjuntamente á la celda de Arostegui. Mas, habiéndose traslucido algún síntoma de la conspiración, adelantóseles Mur, y, cuando daban unos golpecitos en la puerta del Rector, ya estaba éste al cabo de que un grupo de Padres venía á él en son de queja, y en cuanto á los hechos y razones en que la asentaban Arostegui aceptó como óptimos aquellos que su valido le ofreciera.

—Tan, tatatán, tan...—los golpecitos.

En el silencio, los corazones batían sonoramente. Y el silbo, desde el fondo de la guarida: