—Que se perdió en la sombra.
—¡Ah! Se murió…—indiqué de manera dubitativa, empujándole a que se clarease.
—Hace algunos años.—Y después de una pausa:—Tomará usted una copita de coñac.
Sacó una botella de coñac viejo y otra de bon vino, de un maletín de piel de cerdo, elegante prenda de mundano antes que de clérigo. Se sentó a comer. Cuanto más le miraba, menos me parecía un cura y más un hombre de mundo.
—Por obra del acaso—dijo, a tiempo que comía despacio—, me ha sorprendido usted en mi intimidad de hombre. Si hace unos momentos, al hallarle a usted….
—Fisgando—interrumpí—; pero a instancias del mozo, y sin presumir de qué se trataba.
—¿Qué importa? Digo que si entonces me hubiera retirado, creería usted que yo era un cura sinvergüenza y falsario. Yo no podía dejarle ir sin ofrecerle alguna explicación.
—Yo era el que debía….
—Usted, ¿por qué? Usted, a lo sumo, incurría en un exceso de curiosidad. Yo, en opinión de las personas timoratas, estoy cometiendo un grave pecado.
—Yo no soy timorato.