Levanté una punta. Descubrí abundancia de guisos y viandas, entre otras, un opulento trozo de roastbeef.

—Es la comida de don Guillén—indicó el camarero—. Si no promiscua, o promiscúa, que yo tampoco sé cómo se pronuncia, al menos come de carne.

En esto, se abrió la puerta de don Guillén, y él mismo, en persona, destacó por obscuro sobre el cuadro de grisácea luz, sorprendiéndome en vergonzosa y vergonzante fisgonería. Estaba vestido de paisano, revuelta la pelambre, que, embebiendo el claror, le hacía halo en torno a la cabeza. Llevaba zapatillas de marroquín rojo. Estos dos pormenores me hirieron como notas agudas en los segundos de suspensión y silencio a que nos indujo la sorpresa: la aureola radiante y los pies sangrientos.

—Pasen ustedes; pase usted—particularizó, dirigiéndose a mí. Obedecí, no recobrado aún de la sensación humillante—. Siéntese usted—me instó. Quise disculparme y salir. El canónigo añadió, con tono que yo interpreté como implorante:

—¿No me concederá usted el favor, si se lo ruego, de hacerme un poco de compañía?

La súplica y el acento me repusieron en mi equilibrio habitual. Me senté junto a una mesa con unos libros, unos papeles, unas cachimbas, unos lentes, y presidiendo todos aquellos utensilios y accesorios de la faena intelectual, encerrado en un marquito de plata repujada, como relicario, una fotografía de mujer, que me incliné a mirar discretamente. Parecía una virgen niña de Rafael, de las de su época umbriana.

—Pon aquí la comida, Fidel. ¿Has traído vino? Llévatelo. Tengo yo vino algo mejor.—Y torciendo la cabeza hacia mi lado:—¿Qué mira usted, el marco? Es un relicario del siglo XV, una joya.

—No; miraba el retrato.

—Es una hermana mía que desapareció.

—¿Que desapareció?