Al día siguiente, día de vigilia, don Guillén no se sentó a la mesa.

—¿Qué le sucede al señor Caramanzana?—inquirió la viuda vejancona, que ya se había enterado del apellido del canónigo.

—No come hoy, porque está algo delicado del estómago—respondió
Fidel—. ¿No vió usted el color arrebatado que tiene?

—Será pirosis—entró a decir don Celedonio—.Todo el clero y las órdenes regulares padecen de pirosis, a causa del abuso de las comidas suculentas y de las bebidas alcohólicas.

—Calle usted, herejote—amonestó doña Emerenciana, amenazando con el abanico.

—Y a propósito, Fidel; no habrás olvidado mi encarguito. Le habrás dicho a la señora que yo no me someto a esa asquerosa farsa de la vigilia, y en estos santos días de Semana Santa quiero comer carne y pescado. Yo promiscuo, o promiscúo, que no sé a ciencia cierta cómo se pronuncia—dijo don Celedonio.

—¡Jesús, María y José! ¡Qué Judas Iscariote! Más vale que don Guillén no haya acudido a la mesa, porque le abochornaría esa abominación.

A todo esto, Fidel, el mozo, se reía cazurramente.

Terminada la comida, salí de la metrópoli y me encaminé a mi colonia. Como cosa de veinte pasos delante de mí iba Fidel, conduciendo una gran bandeja, cubierta con un mantelillo. Nos juntamos en el pasillo adonde daba mi habitación.

—Psss…—bisbiseó Fidel, requiriéndome con cabezadas a que me acercase más—. Levante usted el mantelillo.