—Seas Belarmino, seas su cuerpo astral—prosigue Apolonio, en expansión irresistible de amor propio vejado—, te advierto que es verdad que padezco del estómago; que el agua de Vichy que siempre he bebido era agua de Vichy auténtica; que ahora no venía a llenar de agua la botella, sino a lavarla, porque la necesito para meter agua de Colonia, ya que debo emprender en seguida un largo viaje. Y si pones en duda mi palabra, que es palabra más que de rey, ¡ya quisiera Su Majestad…!, te reto en singular combate.
Y se pone en pie, empuñando la botella por el cuello. Por la frente dramática de Apolonio cruza un negro pensamiento. Ahí está Belarmino, desmedrado e inerme, a su merced. Un botellazo en la cabeza, y asunto concluído. Que luego le procesarían, ¿y qué? Con dinero se cohecha a los jueces. Pero antes de rematar a Belarmino, saciando así un viejo afán de venganza, cuyos motivos, por más que ha rebuscado, Apolonio no ha conseguido encontrarlos en su corazón, ocúrresele humillarlo, rebajarlo cumplidamente, haciendo que por primera y última vez le envidie.
—Toma y lee—dice, ceñudo, Apolonio, alargando despectivamente a Belarmino, como si fuese su sentencia de muerte, el telegrama que acaba de recibir.
Después de haber leído el telegrama de Apolonio, Belarmino saca de la chaqueta otro telegrama, que entrega a Apolonio. Luego abre los brazos, mira al firmamento, y suspira:
—Toma y lee. ¡Bendito sea Dios!
El telegrama de Apolonio decía: «De vuelta en Castrofuerte me informan que soy heredero de fortuna fabulosa. Iré a buscarle en seguida. Viviremos juntos una vida venturosa.—Pedro.»
El telegrama de Belarmino decía: «Estoy salvada. Pedro me ha salvado. El mismo Pedro le sacará de ahí y le traerá conmigo en seguida. Seremos todos felices.—Angustias.»
Belarmino se mantiene con los brazos en cruz: pero ahora no mira al firmamento, sino a Apolonio.
Apolonio vacila un segundo, nada más que un segundo. Una fuerza ineluctable, una exigencia del destino le lleva, también con los brazos abiertos, la botella en la mano, y en alto, agresivo, hacia Belarmino. Belarmino se adelanta a su encuentro. Apolonio y Belarmino… se abrazan en un abrazo callado, prieto, efusivo y fraternal.
—Nunca te he odiado; lo juro—dice Apolonio, al cabo—. Nunca te he odiado, aunque tú me despreciabas.