—Nunca te he despreciado—murmura suavemente Belarmino.

Es la primera vez que se hablan, y se tratan de tú con espontaneidad, porque en el misterio del pecho eran íntimos el uno del otro, desde hace muchos años.

—Yo te admiraba y te envidiaba—confiesa Apolonio, con rubor.

—Yo también te he tenido envidia—declara Belarmino, con franqueza.

—Eres como mi otra mitad.

—Sí, y tú mi otro testaferro. (Testaferro = hemisferio.)

—Ya estamos unidos. Qué dramas voy a escribir ahora. Tú serás mi inspirador, como Sócrates lo fué de Sófocles; al menos, Valeiro así me lo aseguraba.

Suena, lejos, la campana que llama al refectorio.

—Concluye de llenar la botella—aconseja Belarmino.

—Es verdad. Pero te aseguro que es la primera vez que hago esto.