—Ya lo sé.

Van del brazo, por el jardín de asfodelos, envueltos en la niebla dorada del sol, que produce una ilusión evanescente, como si aligerase la gravedad de las cosas materiales.

—Pero, ¿no estamos soñando?—interroga Apolonio, anhelante—. Apenas si toco la tierra en donde piso.

—Parece un sueño. El tetraedro es un sueño. Sólo es verdad el amor, el bien, la amistad.

Dentro de la casa, los asilados, en fila, están aguardando que lleguen Apolonio y Belarmino, a fin de ponerse al punto en marcha hacia el comedor y los pasteles.

—¿Por dónde andarán esos chiflados?—pregunta la hermana de los
Dolores. Y sale en busca de ellos.

Al verlos venir del bracero, a lo largo de una vereda, la monja se santigua:

—¡Jesús, María y José! ¿Estoy soñando? ¿Qué milagro es éste? No es sueño, no. Es realidad.—Y añade, ya al par de ellos:—Gracias a Dios que se han reconciliado ustedes. El Señor les ha tocado en el corazón. Nada hay más sabroso que el perdón, sobre el resentimiento. Hoy, que es día de gloria, también yo me atrevo a pedirles que me perdonen. Hace ya años, y aunque con la mejor intención, yo les he hecho sufrir. Y algo peor: yo he contribuído, con mi aturdimiento insensato, a hacer desgraciada a Angustias, quizás a don Pedrito, y, desde luego, a ustedes. ¡Bien lo he pagado! Dios me perdonará. Perdónenme ustedes.

—¿Qué dice usté ahí, Felicita? No sea usté simple. Usté, sin saberlo, y por consecuencia de aquellos manejos de hace años, ha sido el Deus ex machina de este día, el día más feliz de nuestra vida, de don Pedrito, de Angustias, de Belarmino y mía.

—Así es—comentó Belarmino. Y en seguida, meditabundo—. ¿Cuánto durará?