—Lo que nos resta de vivir—afirma Apolonio, accionando con rotundidad escénica.

Y le muestran a Felicita los telegramas. La hermana de los Dolores, invadida de congoja, casi desfallecida, se lleva las manos al corazón.

—A todos les ha llegado su hora de felicidad—bisbisea, como hablando consigo misma—. A todos, menos a mí. ¡Mucho premio me debe Dios en el otro mundo!

Ya están incorporados Apolonio y Belarmino en las dos filas de asilados. Ya se mueven las filas torpemente, con bastoneo, carraspeos y arrastrar de pies. Belarmino va andando, como siempre: con la cabeza baja, sonriente y ensimismado en su mundo interior. Apolonio, como siempre, ya desde su juventud, anda híspido, enhiesto el cráneo, con lentitud y prestancia pontificales. En los brazos, ostentatoriamente, conduce la botella de agua de Vichy, apócrifa, presumiendo que todos los demás contemplan con envidia aquel signo de distinción, testimonio de riqueza e indicio de dolor de estómago.

EPÍLOGO.

EL ESTUDIANTÓN.

Froilán Escobar, alias Estudiantón y Aligator, murió de hambre, lo cual cae dentro de la lógica inmanente de las cosas. Él mismo debió de vislumbrar el desastrado fin que le aguardaba, pues entre las notas y apuntes que dejó a su muerte leí esta sentencia: «El que consagra sus días a la busca y ejercicio de la Verdad, el Bien y la Belleza, es incompatible con la vida; por lo menos, con la vida tal como se nos ofrece en la sociedad presente. La vida moderna es la negación de la Verdad, el Bien y la Belleza; y, recíprocamente, la Verdad, el Bien y la Belleza son la negación de la vida moderna. De consiguiente, el que profesa en esta tres categorías, o renuncia a vivir, o se le tomará como revolucionario y anarquista.» Realmente, quien hubiera visto a Escobar, tan desgraciado de formas plásticas, tan desarrapado y cochambroso, jamás pudiera adivinar que el insigne Aligator había profesado en la categoría de la Belleza. Cierto que el infeliz aludía a la Belleza suprasensible y espiritual, que no a la física y perecedera. En fin, que fatalmente se tuvo que morir de hambre. Pero lo extraño, lo paradójico, es que se murió en casa de un carnicero, llamado Serapio, que le había recogido por caridad. El matachín le daba gratis un camaranchón, con un camastro, en donde cobijarse, y unas caídas, desechos o piltrafas de carne, especie de cordilla, para que comiese. Por desdicha, Escobar era herbívoro, y repugnaba la carne a tal extremo, que antes que comerla se dejó morir de inanición. ¡Qué contraste Escobar y Serapio! El carnicero, tan rollizo y colorado que parecía una res desollada, era la incorporación más corpórea del cuerpo humano en lo que tiene de más material. Escobar, amarillo, azuloso, vibrátil, casi etéreo, era la proyección más espiritualizada del espíritu humano en su tránsito a través del barro corpóreo.

Al morir, Escobar dejó gran caudal de escritos, la mayor parte notas y esbozos. Tuve la suerte de verlos y examinarlos, antes que Serapio los arrojase al cajón de la basura. Algunos de los pensamientos, expresados en forma escueta, me sorprendieron y llenaron de perplejidad. Por ejemplo:

«Los dos hechos históricos más nocivos para el progreso de la ciencia pura y el imperio final de la cultura fueron la invención del papel y la invención de la imprenta.»

«Si en lugar de escribir en resmas de papel se escribiese en un menguado folio de pergamino, entonces merecería leerse, porque no se escribiría sino lo que mereciera escribirse.»