—Es lo mismo—respondió Belarmino, a punto de evaporarse nuevamente y eximirse de las circunstancias en redor suyo—. Aludir es el dicho vulgar, el material tosco. Adular es la forma confeccionada. La alusión es siempre una adulación. ¿Te inclinas al dicho vulgar? Sea. ¿En qué te he aludido?

—Has hablado de Sastrea. Asumo que es algo tocante a mi profesión de sastre. Exijo que me interpretes la frasecilla completa, por si el concepto es ofensivo. ¿Qué es maremágnum? ¿Qué es el ecuménico de los beligerantes? ¿Quién es el leal de la romana de Sastrea? Me lisonjeo que no has dado a entender que hay un enamorado de mi costilla, que es Ramona, y no romana.

—¡Oh celebro vulgar!—exclamó Belarmino, resignado y abatido—. Tendré que explicarme con palabras vulgares, para que te penetres. Maremágnum, ello mismo lo dice, es el non plus ultra, lo mejor de lo mejor. Ecuménico es lo mismo que reunión de conformidad. Los beligerantes, los que están en contra. Leal, monta tanto como fiel. La romana es para pesar. Sastrea, lo sabe cualquiera, es la señora que está pintada en la Audiencia.

—Ahora comprendo; sólo que como eres tan misterioso…—insinuó Balmisa, guiñando maliciosamente un ojo a dos testigos mudos, uno el director de un diario republicano local, en donde colaboraba el sastre, y otro un tendero de pasamanería, que se reían disimuladamente de Belarmino—.Has querido decir que la república es un desiderátum, la conciliación de los contrarios y el fiel de la balanza de Astrea.

—No lo he querido decir, sino que lo he dicho.

—Pero no te habíamos entendido.

—¿Has entendido a Salmerón, cuando vino a Pilares a pronunciar aquel discurso?

—Me lisonjeo que sí.

—¿Del todo, del todo?

—Hombre, del todo….