—¿Qué Pascual?—preguntó el sastre.

—Como no sea Pascal—sugirió el periodista.

—Aquel faro de la humanidad—prosiguió Belarmino, refiriéndose al mentado Pascual—que aborrecía a los jesuítas, como nos dijo Salmerón en su discurso. ¡Mueran los jesuítas!—gritó Belarmino, fuera de sí, puesto en pie—. ¡Viva Pascual! ¡Viva Salmerón!—clamó, señalando una litografía, color sepia, que colgaba de la pared y representaba al aclamado—. ¡Viva la república!—señaló otra litografía iluminada, que figuraba una señora gorda, con túnica tricolor, una antorcha en la mano y a los pies un león y unas cadenas rotas—. ¡Muera la curia romana! ¡Muera el Tribunal de la Rota!

—Muérete tú de una vez, tontorontaina, adúltero, babayo, antes que nos mates a todos a disgustos—chilló una voz mordaz, al tiempo que una mujer, antes joven que vieja y nada fea, con la faz distendida, como una Euménide, penetraba, vestida de huracán y desolación, en aquel círculo que era un cuadrado, e iba a hacer presa sobre Belarmino. Era Xuantipa, la mujer legítima del agudo, elocuente y fogoso zapatero. El nombre Xuantipa provenía, por contracción, de Xuana la Tipa, alias o apéndice adquirido por herencia paterna. Su progenitor Xuan, el Tipo, vinatero, procedente de Toro, fué el primer usufructuario del dicho apéndice o alias, y lo debía a que, estando irritado, y se irritaba a menudo, amenazaba con quitar el tipo al sursum corda. Xuantipa se ataviaba a la usanza, llamativa y gentil, de las menestrales: pañuelo de seda amarillo al cuello, pañoleta de Vergara, de colores vivísimos, cruzada al pecho y anudada a la espalda, falda de cretona azul, rameada en blanco. Belarmino vestía a lo señor. El único signo de sus menesteres profesionales era un delantal de piel, que llevaba arrollado bajo el chaleco, habiendo dejado por descuido un ángulo fuera, al modo de mandil masónico. Existía notoria incongruencia entre Belarmino y su mujer. Xuantipa zamarreó a Belarmino y le arrastró por las solapas hacia fuera. Belarmino miraba con gesto exculpatorio a sus amigos, como diciendo: «Perdono; es una mujer inferior». Antes de salir, Xuantipa apostrofó a los que quedaban:

—Pillos, que tomáis a este babayo de mona para reírvos.

Según bajaban las escaleras, Belarmino bisbiseaba, como si hablase consigo mismo:

—Y esto un día, y otro día, y otro día….

—Lo mismo digo yo—replicó iracunda Xuantipa—; un día, y otro día, y otro día, y jamás aprendes, babayo.

—Ya te he dicho, mujer, que todo lo llevo con resignación, todo, menos que me llames babayo. Con esa palabra vulgar me parece que me cubres de inmundicia.

Xuantipa condujo de la solapa a Belarmino, a través de las acostumbradas calles de amargura. Los chicuelos les seguían, a distancia prudente, canturreando: