Todos hicimos eco a su sonrisa, menos la vieja, que no acertaba a decidir si la respuesta era en serio o en chanza.
—¡Qué chistosísimo!—exclamó, optando por la chanza.
—No, señora; no es chiste—replicó el sacerdote.
—Pero, ¿Eurípides es nombre cristiano? Si lo es, vendrá de la provincia de Palencia, que es donde ponen los nombres más estrambóticos.
—No, señora; no es nombre cristiano. Pero se conoce que el cura que me bautizó no se había enterado. Si a mí me canonizan, entonces habrá un San Eurípides: el primero.
—¡Qué chistosísimo! Pues ya tiene usted bastantes nombres, gracias a
Dios.
—Caprichos de mi padre, que era autor dramático y zapatero, o zapatero y autor dramático, según el orden de prelación que usted prefiera. Todos mis nombres lo son también de famosos dramaturgos de otros tiempos: Pedro Calderón de la Barca, Lope de Vega, Francisco de Rojas Zorrilla….
—De ese Zorrilla, autor del Tenorio, algo oí hablar cuando era niña—interrumpió doña Emerenciana.
—Guillén de Castro—prosiguió el canónigo, sonriendo siempre—,
Eurípides….
Y como sobrevino una pausa, doña Emerenciana saltó: