—¿Eurípides qué?

—Eurípides López y Rodríguez—respondió el canónigo, con espetada sorna esta vez.

—Se ve que era de familia humilde—comentó doña Emerenciana—. Y bien, ¿con cuál de los nombres hemos de llamarle?

—Unos me llaman por uno, otros por otro. Use usted el que prefiera.

—Pues prefiero don Guillén.

—Es el que suelen preferir las señoras—dijo don Guillén, con dejo satírico.

—Por mi parte, si usted me lo permite, le designaré como señor Eurípides; me sabe a república—entró a decir don Celedonio de Obeso, ateo declarado y republicano agresivo; en el fondo, un pedazo de pan, un zoquete.

En la mesa de casa de doña Trina no podía faltar un republicano acreditado. Este don Celedonio era sucesor de aquel jefe del partido republicano de Tarazona, ciudadano de gran desparpajo y barba bipartita, como ubre de cabra.

—Como usted guste—respondió don Guillén espontáneamente.

Antes de concluir la comida, don Guillén se había granjeado la confianza y la simpatía de todos; y a tal extremo llegó la confianza, que don Celedonio se atrevió a dispararle a boca de jarro esta pregunta: