—¿Cree usted en Dios?

—¿Cree usted en la república?—interrogó a su vez don Guillén, sin inmutarse.

—Como republicano que soy.

—Yo, como sacerdote que soy, soy creyente.

—Ninguna persona inteligente cree en Dios.

—Yo he conocido personas inteligentes que me decían: «Ninguna persona inteligente cree en la república.»

—Pues los cristianos primitivos—dijo el señor De Obeso, rebajando el tono y batiéndose en retirada—eran republicanos.

—Eran más; eran anarquistas. Pero, en fin, así como aquellos cristianos, partiendo de la idea de Dios, llegaron a la de república, bien puede usted tomar el viaje de vuelta, y, partiendo de la idea de república, llegar a la de Dios.

—Para ese viaje no necesito alforjas—concluyó don Celedonio; y don
Guillén le rió cordialmente la gracia.

Es de advertir que durante el diálogo anterior don Guillén no había puesto en sus réplicas acritud, ni fuego polémico, ni aire de desdén. Con esto, nuestra simpatía hacia él se robusteció. Al salir del comedor, don Celedonio murmuró a mi oído: