—Ya lo he leído. Me ha sido muy instrumental.

—Vaya, me alegro. Hola, hola—exclamó el dominico, volviéndose hacia el barril en cuyo fondo rebullía y graznaba la urraca—. Ya me ha referido Angustias…. De suerte que, ¿los versos de Selgas y los discursos de Pidal que te has llevado era para enseñárselos de memoria a esta parlera avecilla? ¿Y qué? ¿Va aprediendo algo?

Belarmino respondió que había adquirido la picaza para enseñarle a que hablase del único modo que lo entienden el común de los hombres. Pero como Belarmino, para responder esto, no empleó el idioma que entienden el común de los hombres, el Padre Alesón le rogó que se explicase. Así lo hizo Belarmino. El padre Alesón creyó entonces entender.

—Ya, ya…—dijo el dominico, sonriendo con guasa—. Has buscado en esta urraca a Diógenes; has creado tu Diógenes, el cínico, el que hablaba con claridad odiosa, y para que nada falte, le has encerrado en su tonel. Y tú, ¿qué eres: socrático, platónico, peripatético, sofista?

—Estoico—respondió con maravillosa dignidad y orgullo Belarmino, a quien repentinamente se le había revelado el sentido de aquella palabra, oída de labios del señor Colignon.

El Padre Alesón se quedó frío. Pensó: «A ver si este pobre hombre posee más sindéresis de lo que yo sospechaba.» Se despidió.

—Ea, Belarmino; contra mi gusto, tengo que abandonar tu compañía. Tal es mi misión: andar, andar de un lado a otro, con una grave responsabilidad sobre los hombros.

Ya volvía la espalda el fraile, cuando Belarmino murmuró:

—Naturalmente, como usted es un dromedario….

El Padre Alesón se volvió de cara, la expresión en entredicho.