—Hombre, hombre…—tartamudeó, con voz deficiente—. Eso es ofender.
Pensaba el dominico que acaso Belarmino estaba resentido con él, porque antes le había hablado irónicamente.
—He querido decir que usted es un sacerdote—replicó el zapatero.
—Pues, peor que peor. Mientras me llamabas dromedario, a mí, en persona, podía pasar. Creí que aludías a mi tamaño. Pero ahora resulta que soy dromedario por ser sacerdote…. La verdad; eso, Belarmino, es una grosería, impropia de ti.
Belarmino hizo un gesto conmiserado, resignado, como diciendo: tendré que metérselo en la boca con cuchara. Y explicó la ya conocida alegoría del dromedario y el camello, dejando boquiabierto al fraile. Concluyó Belarmino, ya en su jerga privativa.
—Yo acaricio a los camellos y a los dromedarios, pero no los beso. Riego el tetraedro; encarcelo y parafraseo el tetraedro; pero permanezco indumentario y analfabético al tetraedro. Mi horario es el espasmódico de la intuición recreada.
Salió el dominico lleno de perplejidad y de preocupación. Froilán Escobar, el Aligator, no se había movido durante la anterior escena. Creía estar soñando. «¿Es realidad? ¿Es ilusión?»—decía para sí—. «Si no fuera por el testimonio irrecusable de ese par de botas, tan mías y tan ajenas a mí como las excrecencias callosas de mis pies; si no fuera por ese hecho flagrante que me pone en contacto con la realidad objetiva, creería que lo visto y oído eran entelequias de mi razón adormecida y ofuscada. Y esto sucede a doscientos pasos de la Universidad…. Y yo llevo veinte años en la Universidad sin haberme enterado…. Este hombre desconcertante e inaudito, ¿es un humorista? ¿Es un genio lóbrego, en bruto, como la piedra diamante escondida en el seno de la tierra? ¿Es un loco?» Y el buen Estudiantón se hacía un lío.
—¿Le enojaré, señor Belarmino—dijo al despedirse—si vengo por las tardes, de vez en cuando, a conversar un rato con usted?
—Tendré un gran espasmódico—respondió Belarmino, impasible.
Escobar no sabía qué decidir. Aquel gran espasmódico que Belarmino iba a tener, caso que Escobar viniese de visita, ¿en qué consistiría? ¿Le recibiría bien, o le despediría con cajas destempladas? Volvió a probar. Belarmino le acogió con inequívoco contento y le obsequió con una larga e incomprensible disertación sobre el tole tole y el tas, tas, tas. El Estudiantón le escuchaba fascinado, sin sacar nada en limpio, pero con la esperanza cierta de llegar a dominar algún día el tecnicismo de aquel moderno filósofo de portal, o estoico, como él decía, sin saber que en Grecia tanto valía estoico como filósofo de portal.