Terminó la conferencia. Belarmino se hundió en una especie de marasmo o abstracción. El Aligator, triunfante, hacía guiños y visajes, preguntando por señas a los otros qué les había parecido la experiencia. De los demás, la mayor parte se retorcían, ahogando la risa; algunos enarcaban las cejas y fruncían el labio, remisos en aceptar el valor probatorio de la anterior experiencia.

Belarmino se incorporó, con las brumas del ensueño desparramadas todavía en las pupilas.

—¿Y dicen ustedes—preguntó—que ese filósofo se llama Meo de Clerode?

—Asimismo; Meo de Clerode—respondió, con cara dura, el estudiantino desenvuelto.

—Pues es un enormísimo sapo, mucho más grande aún que Salmerón.

Y Belarmino volvió a su cuchitril, cabizbajo y abismado en preocupaciones.

—Y ahora, ¿qué dicen ustedes?—preguntó Escobar, en un arrebato impropio de su natural modosidad.

—Que nos hemos reído la mar—respondió el estudiantillo desenvuelto.

—Esa es una contestación festiva, y el asunto es serio—replicó severamente el Aligator.

—Sin duda—entró a decir un dentista apellidado Yagüe—, ese zapatero sabe lo que dice y emplea siempre las mismas palabras para los mismos objetos. Esto me parece plenamente probado. Pero se me ocurren dos observaciones. Primera: lo que él dice, a su modo, ¿tiene alguna importancia; merece tomarse la pena de estudiar su idioma endemoniado, para averiguar lo que dice? Segunda: caso que lo que dice es de importancia, ¿qué necesidad hay de inventar un idioma ininteligible para expresarlo? Deseo que me responda a estas dos observaciones usted, señor Escobar, que es persona périta.