—Pero es que don Pedrito no cena hoy en casa.
—¿Quién se lo ha dicho a usted?
—Mira qué caracho, él mismo; y ainda mais le dejó a usté una carta.
—¿Una carta? ¿Dónde está esa carta?
—Delante de sus mesmas narices, en la mesa y sobre su plato.
Apolonio leyó la carta. Decía: «Padre, perdón. No he nacido para cura. Me voy con la mujer a quien adoro. Nos casaremos, y confío que, a pesar de todo, usted bendecirá nuestra unión.—Pedro.»
Y ahora sí que Apolonio quedó como una estatua, no ya en los ojos, sino en todos sus miembros, y con el alma pálida y vacía. Cuando al fin le volvió la sangre a circular, dijo a la fámula:
—No se cena hoy. Tú puedes marchar ya a tu casa. Dame el impermeable.
Se dirigió a casa de la duquesa de Somavia, que había vuelto el día anterior a Pilares, huyendo de la inclemencia, melancolía y tedio de la aldea. Llevaba la carta en la mano, sin protegerla de la lluvia.
—¿Qué te sucede, Apolonio?—preguntó la duquesa, alarmada ante aquel hombre como de piedra—. ¿La catástrofe, la quiebra, el embargo? Me lo presumía.