—¡Pluguiera a Dios!—murmuró cavernoso Apolonio. Y tendió la carta.
—Chico, este papel es una sopa. Se ha corrido la letra y no puedo leer.
—¡Pluguiera a Dios cegarme, antes de haberla yo leído! Pero ya, ¿qué he de hacer? ¡Ah! Resignarme y perdonar la mano que me ha herido. Apuraré esta copa hasta las heces, y leeré la carta por dos veces.
Y leyó la carta a la duquesa. En el fondo, tan en el fondo que ni él mismo se daba cuenta, Apolonio se sentía orgullosísimo, creyéndose en aquellos momentos un personaje trágico de verdad e imaginando inspirar a la duquesa fuerte interés patético.
—¡Bah! Temí, al verte, que se trataba de algo grave. Siéntate. Aunque hay que resolver de prisa, para resolver de prisa hay que pensar despacio. Siéntate.
«Siéntate»; que fué lo que le dijo Napoleón a la reina de Prusia, en ocasión que la soberana, por conseguir un tratado menos infamante, quiso conmover al corso, representándole una escena dolorosa y teatral.
Bien sabía Apolonio que la tragedia exige hablar en pie y con coturno. Al sentarse, comprendió que estaba peor que en ridículo, humillado, como un ídolo al que derriban. Dejó caer la cabeza, vergonzoso.
—Vamos por partes. Tú, de seguro, no sabes quién es la mujer a quien adora el desmandado don Pedrito.—Apolonio denegó con la cabeza.—¿Qué has de saber tú, si no vives en la tierra? Ni sospecha tendrás.—Nueva denegación.—Pues chico, te lo voy a decir yo: es la hija de Belarmino.
—¡Eso no, eso no! Antes la muerte—rugió Apolonio, poniéndose en pie, ahora realmente enfurecido—.Yo ya estaba dispuesto a perdonar, a bendecir. Hasta pensaba en los nietecitos…. Pero eso, ¡jamás!
—A buena parte vas…. Que ya pensabas en los nietos, en seguida te lo calé. Pero, siéntate. Claro que no sabes ni sospechas cómo, cuándo, a qué hora y por dónde se han fugado, ni se te ocurre el medio de averiguarlo.—Denegación muda.—De modo que yo soy quien tengo que hacerlo todo. Discurramos con calma. Que Angustias es la raptada, no me cabe duda. Sé que al pícaro don Pedrito le gustaba la niña, que se veían a menudo en vacaciones, y hasta que le escribía desde el Seminario; pero, la verdad, no creí que iba a perder el sentido hasta ese punto. ¡Cosas de chicos! ¿Quién les pudo ayudar en la fuga? A mí no se me ocurre sino una persona: Felicita, la Consumida.