Por la tarde, el Padre Alesón visitó a Su Ilustrísima. El obispo se mostró en todo conforme con el dictamen de su hermano en religión. El fraile salió radiante. Cuando él salía, la duquesa entraba.

—¿A qué debo el honor de ver a mi señora la duquesa por esta humilde casa?—dijo el obispo, con galantería, haciendo un paso de pavana, que le sentaba muy mal.

—Por lo pronto, que se retire este joven cacoquimio, que no quiero testigos de vista—dijo, nerviosa, la duquesa, señalando al tímido y doliente familiar.

—Manolín, auséntate. Y ahora, ¿a qué debo en esta humilde casa….?

—Déjate de resabios de fraile y lugares comunes. ¿Qué hablas ahí de humilde casa, si es una de las mejores de la ciudad?

—Bien, pero la humildad la habita.

—Eso lo veremos bien pronto.

—¿A qué debo la honra…?

—¿Y tú lo preguntas? ¿No lo adivinas? Pues debieras saberlo, puesto que acaba de salir de aquí ese cachalote….

—No sea usted cruel, señora; el pobre Manolín un cachalote….