—No te hagas más tonto de lo que eres; me refiero al Padre Alesón.
—¡Ah!
—¡Ah! Te has quedado boquiabierto. Pues yo vengo a lo mismo que el fraile. ¿Qué habéis hablado?
—Señora, no olvido mi pasado, mi niñez. En lo que yo pueda servirla, como hombre, la serviré. Como pastor, como prelado, cumpliré con mi deber, con entera independencia. Si usted me pregunta cosas de mi vida, le responderé; si cosas de mi ministerio, me veré obligado a desairarla, y la culpa no es mía.
—Pide el báculo y dame cuatro palos; ya no te falta más que eso. Pastor naciste y pastor eres, ¿gracias a quién?
—Al duque, su esposo; no lo niego.
—Como pastor te conduces, y todos, al parecer, para ti somos borregos. ¿No quieres decirme lo que has hablado con el fraile? Te lo diré yo, que a mí no me duelen prendas, Facundo. Habéis hablado de don Pedrito y Angustias. Queréis casarlos. ¡Qué monstruosidad, qué aberración, qué…—y soltó un ajo mondo, lirondo y sonoro—. Lo que no podrás negarte es a darme razones.
—Mi señora duquesa: las razones son clarísimas. De una parte, ese mancebo ya no está en condiciones de ser un buen sacerdote. De otra parte, una muchacha honesta ha sido seducida, deshonrada, ha perdido su virginidad, y el que se la arrebató debe devolverle la honra.
—Voy a contestarte por lo último, que es lo que me hace más gracia. ¡Qué risa! Hablas de la virginidad como los niños hablan de las hadas o como las personas mayores hablan de tesoros escondidos. Tú que eres un sabio naturalista, ¿qué me dices de la virginidad de los insectos? ¿Qué me dices de la virginidad del draco furibundus? ¿No se llama así?
—No se trata de insectos, sino de cristianos.